COMBATIENDO EL DESGASTE POR EMPATÍA: LA HERRAMIENTA DE AUTOCUIDADO PARA QUIENES APOYAN A VÍCTIMAS DE VIOLENCIA

COMBATIENDO EL DESGASTE POR EMPATÍA: LA HERRAMIENTA DE AUTOCUIDADO PARA QUIENES APOYAN A VÍCTIMAS DE VIOLENCIA

El día de hoy vamos a hablar de un tema de suma importancia para todos aquellos que se están formando para enlistarse en la primera fila de batalla, así como para quienes desde hace tiempo hicieron de su labor social el brindar atención a personas que han sido víctimas de todo tipo de violencia: doméstica, de género, sexual, étnica o cultural, además de la ejercida por el crimen organizado en México.

Descuidarse a uno mismo mientras se cuida al otro

Para un trabajador social comprometido, brindar atención a una persona que ha sido víctima de violencia implica exponerse y entrar en constante contacto con historias gráficas, crueles, injustas y delicadas. Es por esto que el profesional debe hacer uso de la ética, la empatía y todos los conocimientos que adquirió durante su formación para brindar un servicio eficiente y de calidad.

No obstante, pueden surgir situaciones para las que no se esté completamente preparado y que, enfrentarse a ellas pueda causar tensiones, ya sea que provengan de alguna fuente externa o, por el contrario, se originen al interior del trabajador social.

A nivel externo lo que puede producir tensión es a) identificar situaciones de riesgo para las víctimas, b) observar cómo los sistemas de justicia, policiales, entre otras instituciones revictimizan, estigmatizan o no solucionan las necesidades de las víctimas y, c) darse cuenta que las víctimas no pueden romper el ciclo de violencia; esto por nombrar unos pocos. Mientras que a nivel interno, escuchar los testimonios de las víctimas puede generar que 1) el profesional confronte sus actitudes, valores, pensamientos y creencias en torno a lo que considera que es la violencia, 2) se movilice su propia historia de violencia o abusos, 3) se sienta culpable de no hacer lo suficiente durante la atención que brinda a la víctima, entre otros.

Estar en contacto con el dolor del otro y buscar mejorar la situación en la que se encuentra, pero perderse a uno mismo en el proceso, puede producir efectos negativos, como desarrollar el síndrome de burnout, la traumatización vicaria o, la movilización de experiencias violentas. Esto a su vez no sólo repercute en el desempeño laboral del trabajador social, sino también en la integridad de su salud y sus relaciones interpersonales.

El síndrome del burnout: agotamiento por empatía

Encontrarse en una tensión emocional constante genera lo que se conoce como síndrome de burnout, es decir, el agotamiento de toda la energía disponible, incluso la de reserva, que emplea el profesional al momento de brindar sus servicios a una persona víctima de violencia.

Al quedarse sin energía, su organismo ya no responde como antes; se debilita su sistema inmunológico, volviéndose vulnerable y propenso a enfermarse. Si el trabajador social no se da la oportunidad de recuperarse, elimina toda posibilidad de seguir funcionando de manera adecuada.

A lo largo de tres fases, el síndrome de burnout va haciendo del profesional un hogar cómodo. La primera, agotamiento emocional, implica que el profesional comience a sentirse agotado, irritado, deje de disfrutar sus tareas y no se sienta realizado laboralmente. La segunda, despersonalización o deshumanización, es cuando la persona busca protegerse del desamparo, la impotencia y la desesperanza emocional. Es muy común que se distancie afectivamente, presente estados de depresión, actitudes negativas y su trato sea indiferente no sólo hacia sus compañeros, amigos o familiares, sino también con la víctima y los familiares de ésta. Mientras que la tercera, abandono de la realización personal, es cuando el trabajador social siente que su labor ha perdido el significado y valor que tenían antes; pueden surgir sentimientos de fracaso e insatisfacción ante sus logros.

Traumatización vicaria

La traumatización vicaria, traumatización secundaria o desgaste por empatía es cuando el profesional presenta síntomas relacionados con estrés postraumático mientras brinda su apoyo. Esto ocurre debido a lo siguiente: se ve expuesto, ya sea de manera breve o prolongada, a experiencias de dolor y abuso; desarrolla un vínculo con la víctima y siente empatía por ella; sus propias experiencias dolorosas despiertan o se movilizan al estar en contacto con otras heridas y experiencias.

Así, es frecuente que los trabajadores sociales manifiesten sentimientos de angustia cuando se dan cuenta que la víctima no tomó decisiones adecuadas, incluso pueden impacientarse o disociarse al escuchar testimonios. También, en ocasiones pueden llegar a sentir mayor empatía hacia el agresor. En algunos casos, suelen no regresar a sus trabajos por temor a ver dañada su seguridad o, al ser invadidos por una tristeza profunda al no creerse buenos profesionales.

Movilización de las experiencias de violencia

Enfrentar día a día las vivencias y el dolor ajeno desde la labor de un trabajador social implica estar en riesgo de activar sus propias vulnerabilidades, sufrimientos, temores, culpas, frustraciones, tristezas, impotencias y enojos, producidas por eventos violentos, directos o indirectos, presentes o pasados que, muy probablemente han dejado sin resolver ni sanar.

Una de las consecuencias de encontrarse en una posición de ejercer abuso, o incluso de ser víctima de éste, es que el trabajador social no podrá desempeñar su trabajo de la manera más eficiente o ética. Tampoco podrá responder a los requerimientos de las víctimas que acuden a su servicio, e incluso puede que su propio sufrimiento sea redirigido a la víctima para así resolver sus problemas a través de ésta.

El autocuidado: un talismán para el trabajador social

Así, la práctica del autocuidado surge como una herramienta para prevenir o recuperar la salud y bienestar de los trabajadores sociales. Autocuidarse tiene un efecto doble, es decir, impacta de manera positiva en su vida, así como en el servicio que los profesionales prestan a las víctimas de violencia.

De acuerdo con Tulia M. Uribe, el autocuidado es una práctica que involucra líneas de crecimiento en las que toda persona debe trabajar diariamente para tener un desarrollo armónico y equilibrado. Estas líneas de crecimiento están relacionadas con dimensiones emocionales, físicas, estéticas, intelectuales y trascendentales del ser, las cuales surgen del desarrollo de habilidades afectivas, cognoscitivas y sociales.

Antes de fortalecerse y sanar personalmente es importante que el trabajador social tenga la convicción de querer cuidarse a sí mismo y atender sus necesidades. Para esto debe ser consciente de sus carencias, expectativas, vulnerabilidades, y recursos personales. A partir de esto podrá elaborar una estrategia de autocuidado que se construya a partir de lo siguiente:

  • Identificar las fuentes, externas e internas, que le producen tensión al desempeñar su trabajo. Y evaluar de qué forma afectan la atención que brinda, así como otras áreas de su vida personal.
  • Reconocer qué experiencias o vulnerabilidades, quizás sin resolver, pudieran estar afectando el desempeño de sus labores.
  • Aceptar la ayuda y acompañamiento de un profesional.
  • Asumir la responsabilidad de cuidarse a sí mismo: administrar su tiempo, sueño, alimentación, ejercicio, actividades recreativas o de ocio, establecer límites entre la vida laboral y la personal, entre otras.

Detectar y tratar de manera oportuna la forma en la que un trabajador social pudiera estar siendo afectado por sus labores evita que éste tome decisiones inadecuadas en el campo laboral, realice malos diagnósticos, sugiera un tratamiento inadecuado, entre otros.

En conclusión, a medida que el trabajador social avance en su proceso de autocuidado irá experimentando distintos beneficios, tanto de manera personal como profesional: la recuperación de su salud y bienestar; mejoras en sus relaciones interpersonales; iniciar/continuar y resolver sus propias experiencias dolorosas; la realización laboral; salir del aislamiento en el que solía encontrarse; mejorar la atención brindada; pero sobre todo, resignificar la labor social que realiza: acompañar y cuidar a quien lo necesita.